Alejandro Magno: Nacimiento – Llegada al poder

Es bien sabido que a lo largo de toda la historia la humanidad ha sido testigo de la aparición, encumbramiento y a menudo declive de hombres excepcionales que por sus gestas, virtudes o conocimientos se han rodeado de una aureola de mito y leyenda. De entre esta clase escogida pocas figuras son parangonables con el rey macedonio Alejandro Magno. Su vida, breve pero intensa; sus gestas, más propias de un héroe épico, que le llevaron a dominar un imperio tan extenso como frágil; su muerte, en extrañas circunstancias y en plena cumbre de su poder; todo ello ha contribuido a hacer de él una especie de titán, donde mito y realidad se confunden. Alejandro Magno fue un hombre que pese a su corta vida, se ha escrito y se ha especulado tanto sobre él que se le considera una leyenda. Por ello, tal y como os prometimos en la encuesta, he decidido publicar la vida de Alejandro Magno en tres partes: 1) Nacimiento – Llegada al poder 2) Reinado – Conquistas 3) Muerte – División de su imperio.

En primer lugar, Alejandro III de Macedonia, más conocido como Alejandro Magno, nació el 20 de septiembre de 356 a. C. en Pela, antigua capital de Macedonia. Fue hijo y sucesor  a su vez de un militar de gran mérito, Filipo II rey que engrandeció Macedonia y unifico Grecia. Su madre fue una enigmática mujer,  Olimpia, hija de Neoptólomeo I de Epiro y princesa de Epiro. Fue el rey de Macedonia desde 336 a,C. hasta su temprana muerte en el 323 a.C. Desde su niñez, su padre Filipo lo había preparado para reinar, proporcionándole una experiencia militar y encomendando a Aristóteles como tutor personal para su formación intelectual y un gran dominio de la oratoria.

Alejandro tenía el hábito de inclinar ligeramente la cabeza sobre el hombro derecho, de baja estatura con cutis blanco, cabello ondulado de color castaño claro y ojos heterócromos, el izquierdo marrón y el derecho gris, que no se sabe si eran de nacimiento o por un traumatismo craneal.

Su educación fue inicialmente dirigida por Leónidas, pariente de Olimpia y estricto maestro macedonio que daba clases a los hijos de la más alta nobleza, que lo inició en la ejercitación corporal pero también se encargó de su educación. Lisímaco, un profesor de letras bastante más amable y que se ganó el cariño del Magno llamándole Aquiles y a su padre, Peleo. Sin embargo, a los 14 años fue puesto bajo la tutela de Aristóteles, que sería su maestro en un retiro de la ciudad macedonia de Mieza y le daría lecciones sobre política, elocuencia y la historia natural. Alejandro sabía de memoria los poemas homéricos y todas las noches colocaba la Ilíada debajo de su cama.

Muy pronto su padre lo asoció a tareas del gobierno nombrándolo regente, a pesar de su juventud. En el 338 a. C. dirigió la caballería macedónica en la la batalla de Queronea, siendo nombrado gobernador de Tracia ese mismo año. Desde pequeño, Alejandro demostró las características más destacadas de su personalidad: activo, enérgico, sensible y ambicioso. Es por eso que, a pesar de tener apenas 16 años, se vio obligado a repeler una insurrección armada. Se afirma que Aristóteles le aconsejó esperar para participar en batallas, pero Alejandro le respondió: «Si espero perderé la audacia de la juventud.»

Se cuentan numerosas anécdotas de su niñez, siendo la más referida aquella que narra Plutarco: El primer encuentro de Alejandro con Bucéfalo fue cuando aquel tenía solo doce años. Cuando su padre, el rey Filipo de Macedonia, estaba a la compra de caballos, le trajeron a Bucéfalo, que empezó a actuar de una manera salvaje, saltando y coceando a su alrededor. Como nadie parecía capaz de someterle, Filipo ordenó que se lo llevaran de allí, por imposible. Y Alejandro exclamó: “Qué pena que un ejemplar tan magnífico se pierda por la incompetencia de algunos”.  Filipo respondió: “¿Crees que tú podrías hacer lo que estos hombres con más edad y experiencia no han podido?”. Y Alejandro respondió: “Yo seré capaz de hacerlo”. Nadie le creyó. Pero Alejandro observó que el caballo estaba asustado de su propia sombra, y le colocó de forma que se enfrentara al sol. Entonces Alejandro se agarró a la crin y saltó sobre la grupa de Bucéfalo. Acariciándolo y hablándolo suavemente, Alejandro lo cabalgó enfrente de su padre con mucho orgullo. Filipo, impresionado, pagó un buen precio por el caballo y se lo dio a su hijo Alejandro, diciéndole: “Hijo, busca un reino que se iguale a tu grandeza, porque Macedonia es pequeña para ti.”. A partir de entonces, Bucéfalo dejó a los criados que se ocuparan de él, pero sólo consintió a ser montado por Alejandro.

Tras la batalla, un nuevo matrimonio de Filipo con la joven macedónica Eurídice, relegando a Olimpia, que podría llegar a poner en peligro el derecho de Alejandro al trono, hizo que Alejandro se enemistara con Filipo. Es famosa la anécdota de cómo, en la celebración de la boda, el tío de la novia, llamado Atalo, ofendió a Alejandro porque dijo que del matrimonio de ambos diera un heredero legítimo al rey, en alusión a que la madre de Alejandro era una princesa de Epiro y que la nueva esposa de Filipo, siendo macedonia, daría a luz a un heredero totalmente macedonio, con lo cual sería posible que se relegara a este último la sucesión. Alejandro se enfureció y le lanzó una copa, espetándole: «Y yo ¿qué soy? ¿un bastardo?» En ese momento Filipo, se acercó a poner orden queriendo desenvainar su espada contra su propio hijo, pero debido a su estado de embriaguez, se tropezó y cayó al suelo, lo que le granjeó una burla de Alejandro: «He aquí el hombre que quiere cruzar Asia, pero ni siquiera es capaz de pasar de un lecho a otro sin caerse.» La historia le valió la ira de su padre, por lo que Alejandro tuvo que irse a Epiro junto a su madre. Sin embargo, Filipo terminaría por perdonarle.

Aunque el papel de Alejandro Magno es indiscutible, para entender mejor la figura de Alejandro, no está de más que tratemos de considerar el peso decisivo de su herencia macedonia. Muchos de los comportamientos de Alejandro a lo largo de su corta existencia no se entenderían correctamente sin tener en cuenta el papel desempeñado por su progenitor. Filipo II consiguió hacer de Macedonia un estado fuerte y poderoso, capaz de albergar serias aspiraciones a ocupar un lugar de privilegio dentro del concierto internacional de la época, pues sometió a la aristocracia al poder real, reorganizo el ejército y la explotación de las minas de oro en el Pangeo. El rey había cambiado del todo la vida de los macedonios y había convertido a Macedonia en la potencia dominante de la Helade.

      

Busto de Filipo II y su aspecto tras la herida de flecha en el ojo durante la batalla de Queronea.

Las condiciones naturales y sociales antes de la llegada al trono de Filipo, no eran similares a las del resto del mundo helénico. Continuaban viviendo a la manera tradicional, muy diferente al modo de vida griego. Sufría inestabilidad continuada de sus fronteras exteriores. Su cercanía con poblaciones nómadas que basaban sus formas de vida en el pillaje de los territorios más próximos la situaba como blanco perfecto de sus repetidas y estacionales incursiones en busca de botín. Esta inestabilidad de sus fronteras era una amenaza permanente para la seguridad de sus habitantes y tuvo también siempre un peso determinante sobre la cohesión interna del reino y sus expectativas de futuro. Desde el punto de vista interno, la situación en Macedonia era confusa e inestable.

La situación desigual del país favorecía el desarrollo de noblezas locales muy poderosas que controlaban sus respectivos territorios frente a las demandas centralizadoras de la dinastía reinante.

Los intereses cruzados de la casa real reinante y de los otros clanes nobiliarios entraban en constante pugna. Había una necesidad urgente de asegurarse las espaldas ante posibles conjuras en un medio en el que el carácter implacable de la lucha interna por el poder era una nota dominante.

La cohesión de Macedonia como un Estado fuerte se veía también amenazada desde la órbita griega, pues una Macedonia fuerte y estable en el norte perjudicaba seriamente los intereses y perspectivas de unos y otros. Por eso decidieron tomar parte activa, sobre todo los atenienses, en los conflictos internos que asolaban el reino macedonio.

Filipo tuvo que afrontar de forma inteligente y decidida esta situación. Tomó parte interesada en las guerras sagradas y pudo ocupar un lugar privilegiado en la anfictionía. Esto le proporcionó un cierto prestigio y aseguraba un lugar de relieve para Macedonia dentro del panorama griego.

Además, Filipo construyó un ejército impresionante: la casi toda poderosa falange, que estaba formada por soldados fuertes y disciplinados, curtidos en las duras campañas contra los bárbaros del norte y que portaban unas largas lanzas de casi cinco metros y combatían en formación compacta y cerrada.

Utilizó como instrumento militar decisivo la célebre caballería compuesta por el grupo privilegiado de los “compañeros del rey”, un grupo elegido de jóvenes que se habían formado conjuntamente desde niños en el ejercicio de las armas. Así tenían fuertes lazos de solidaridad interna y una devoción inquebrantable hacia la persona del monarca. Una especie de “primus inter pares”.

Consiguió también reunir un importante contingente de tropas auxiliares los componentes de las primeras filas enarbolaban hacia el frente las lanzas y, de forma sucesiva, el resto de las filas las inclinaban hacia el cielo en ángulo creciente construyendo un caparazón defensivo.

Otras innovaciones fueron la formación en cuña de la caballería, el tren de asedio, la catapulta de torsión. Filipo siempre estuvo al lado de sus tropas, tanto en las primeras filas de combate como en las celebraciones y festejos.

Para la conquista del imperio persa había constituido un ejército imponente, dotado de un armamento contundente y de una maquinaria de guerra importante. Había formado un cuerpo militar dirigente perfectamente coordinado entre sí. Se había asegurado también sobre bases firmes sus dominios egeos, creando una retaguardia sólida.

La concreción de apoyos institucionales como la liga de Corinto, hacía presagiar una campaña exitosa contra los persas, un enemigo que siempre había parecido soberbio y espectacular a los ojos de los griegos.

En la primavera del año 336, iniciada ya la invasión de Persia, el rey Filipo fue asesinado por un noble macedonio y capitán de su guardia, Pausanias. Nunca se supo si este asesinato fue como resultado de una conspiración atribuida a una historia amorosa de Filipo, aunque se sospecha que pudo ser Olimpia o los persas. Aunque Pausanias tenía sus propios motivos para dar muerte al rey, su rápida captura y ejecución hicieron imposible aclarar las circunstancias del magnicidio. Alejandro, a la temprana edad de 20 años, fue coronado rey de Macedonia.

Saludos Señor República.

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